sábado, 21 de enero de 2012

Día 1

En diecisiete años pueden pasar muchas cosas. Vas creciendo, e incluso madurando aunque tú no te des cuenta. Las cosas que significaban el mundo para ti pasan a otro plano, siendo sustituidas por otras cosas distintas. Las fiestas de globos y mata-suegras se convierten en noches de cenas, risas, bares y bailes. Y yo, que soy anti-cambios desde el día mismo que nací, me descubro a mi misma queriendo cambiar, queriendo madurar.
Pero el hecho de madurar implica muchas cosas, entre ellas resultar herida. Con la madurez llegan los verdaderos sentimientos, los corazones rotos (los cuales, permitidme que os diga, duelen más que tragarse un alambre de espino), las amistades interminables, las comunicaciones sin palabras, las desilusiones y las alegrías. Madurar da miedo.
Pero es parte de mi vida, y no lo cambiaría por nada del mundo.